Cuando llega el fin del año escolar el resultado
más esperado por maestros, padres e hijos es tener una cosecha llena de buenos
frutos. Sin embargo, para muchos este no es un momento de “ganancias” sino de
pérdidas, frustraciones y remordimiento por lo que se hizo o se dejó de hacer.
El aprobar o reprobar un año es una decisión importante que se debe, en lo
posible, considerar como tarea entre el colegio y la familia. Pero más que
reclamos y castigos hay que analizar por qué el hijo no superó las propuestas
del año. Si se analizan las causas, posiblemente se encontrarán las soluciones
más efectivas para ponerse las pilas en el año siguiente.
En muchos casos repetir un grado es muy beneficioso para el niño, pero en
otros, puede ser un freno para su desempeño futuro.
Para los niños de grados inferiores es bueno repetir, pues el no alcanzar los
logros curriculares se asocia, muchas veces, con la inmadurez del niño. Repetir
un año, en este caso, ayuda a mejorar la autoestima, la confianza y la seguridad
en si mismo. Es mejor repetir y ser de los mejores, que continuar y siempre ser
el más quedado.
Para los jovencitos el perder el año se mezcla con los sentimientos de culpa,
las frustraciones y los miedos, pero nada que no se pueda superar.
Aprendiendo a caer…
La frustración por perder un año debe ser asumido
como un trampolín de lanzamiento para el niño o el joven. Si se queda en el
estado melancólico de lo que no se logró nunca podrán encontrarse en las
dificultades las posibilidades para mejorar y sacar provecho de los errores.
Como dice el artículo publicado en Colegiosvirtuales.com Bendito sea el
error, “Quien aprecia el valor del error sabe que el fracaso es la primera etapa
del logro, que la frustración es una invitada necesaria, pero pasajera y que
cada caída fortalece la autoestima”.
¿Y qué fue lo que nos
pasó?
Lógicamente, el niño debe asumir sus faltas y sentir el dolor de no haber
cumplido todos los logros. Por eso es importante dialogar con ellos, asumiendo
acciones estrictas para los errores que se encuentren y que pudieron ser
causantes del deterioro en el rendimiento escolar (acortar el tiempo de uso de
Internet, ver menos tv y jugar poco con el play…) y tomando, así mismo,
posiciones positivas que inviten a emprender cambios y mejorar las actitudes.
La culpa no es de nadie, ni el colegio, ni el
niño, ni los padres, pero si se pueden encontrar los puntos en los cuales hace
falta la presencia de alguna de las partes.
Lo más importante es ayudar a que el estudio sea una época agradable. No es
justo que desde tan pequeños se sometan a los estándares de calidad que rigen al
mundo (sin demeritar la importancia de adquirir conocimientos de calidad).
Es importante evaluar el comportamiento académico, los niveles de
competencias y las capacidades físicas (cerciorarse de que escucha y ve bien,
estos pueden ser causantes de la desconcentración). Además, el contexto
familiar, los traumas por agentes externos (muerte de algún ser querido) y los
posibles distractores, como falta de hábitos de estudio, mala supervisión de los
adultos o poca afinidad con los profesores.
De esta manera, es posible encontrar en la llamada “pérdida” una ganancia,
pero sin quedarse en la frase de cajón “perder es ganar un poco”. No, perder es
perder, pero es necesario aprender del error y encontrar en él las infinitas
riquezas que puede traer a la vida.